La Casa Viva – Elsa Bornemann

Al comenzar éste —su cuento— la familia Alcobre estaba cenando en el
comedor de su confortable piso ciudadano.
Era una familia “tipo”: padres y dos hijos.
Juan —el padre— y Claudia —la madre— componían un matrimonio joven.
En cuanto a los hijos, Marvin tenía catorce y Greta doce cuando sucedió la
historia que los comprende como protagonistas.
Era diciembre o principios de enero, según lo indicaba un árbol de Navidad
instalado en un rincón de la sala y a cuyo pie se encontraba un bello pesebre de
cerámica, producto de las manos de Greta. Ella era una apasionada por esa
artesanía.
Todos estaban alegres durante aquella comida, acababan de comprar una
casa de vacaciones. Su conversación giraba —entonces— en torno de esa
importante adquisición:
JUAN: —Está ubicada sobre la que va a ser la avenida costanera de “La Resolana”
dentro de unos años. Más cerquita del agua, imposible; como ustedes querían.
CLAUDIA: —Es una casa preciosa y está puesta a nuevo. Todavía no me explico
cómo tuvimos la suerte de conseguirla por la mitad de lo que —en realidad— vale.
GRETA: —Humm, ya me imagino… Seguro que papi empezó a pedir descuento y
descuento, como hace cada vez que le toca comprar algo…
MARVIN: —…y terminó mareando a los de la inmobiliaria, que se olvidaron
algunos ceros en la cifra de venta.
CLAUDIA: —Nada de eso. El precio que pagamos por la casa es —exactamente—
el que la inmobiliaria fijó. Bien barato, sí, aunque cueste creerse.
JUAN: —Lo que pasa es que en esta época… la situación económica del país…
Entonces, con tal de vender…
GRETA: —¿Cuándo viajamos a “La Resolana”? ¡No doy más de ganas de conocer
nuestra casa del mar!
MARVIN: —El viernes, nena, ¿no lo oíste?
CLAUDIA: —No bien tu padre y yo salgamos del trabajo. Alrededor de las ocho
los pasamos a buscar.
JUAN: —Mejor a las nueve. Quiero hacer revisar los frenos y cargar nafta.
GRETA: —Marvin y yo vamos a tener todo listo para el viaje.
MARVIN: —La torneta y tu cargamento de arcilla, sin dudas…
GRETA: —¿Y qué? Por lo menos, voy a aprovechar las vacaciones para hacer algo
más que nada como uno que yo conozco.
El esperado viernes de la partida llegó al fin y los Alcobre salieron en su auto
rumbo a “Villa La Resolana”.
Con la ansiedad que tenían por estrenar la casa nueva, los trescientos veinte
kilómetros que los separaban de ese solitario paraje marítimo se les antojaron mil;
sobre todo, a los chicos.

La casa de vacaciones era —verdaderamente— hermosa, tal como los padres
habían dicho. Amplia, totalmente refaccionada, luminosa. Amueblada con exquisito
gusto. Decorada con calidez. Parecía recién hecha.
Sin embargo, su construcción databa de principios de siglo.
Greta eligió para sí una de las cuatro habitaciones de la planta alta, la única
que se abría a un espacioso balcón-terraza con vista al mar.
—¡Qué viva! —opinó Marvin.
Ese fin de semana, los cuatro Alcobre lo dedicaron a acomodar todo lo que
habían llevado y a darse unos saludables baños de mar en la playita que parecía una
prolongación de la casa, tan cerca de ella se extendía. Tan cerca, que habría podido
considerársela una playa privada.
Además, alejado como estaba el edificio de los otros de la zona, a los
Alcobre se les fisuraba que toda la “Villa La Resolana” formaba parte de su
patrimonio. ¡Qué paraíso!
Los padres partieron de regreso a la ciudad el domingo a la noche. Aún les
restaba una semana de trabajo para iniciar las vacaciones.
Partieron con mil recomendaciones para los chicos, como era de prever.
Sobre todo, que no se apartaran demasiado de las orillas al ir a bañarse en el mar,
que no salieran de la casa después de las nueve de la noche, que se arrestaran para
las comidas y bebidas con la abundante provisión que les dejaban en la heladera y
en el freezer —así no debían ir al centro del pueblo mientras permanecían solos,
aunque no quedaba tan lejos de allí y —por cualquier cosa— los llamaran por telé-
fono.
—Es telediscado. Ya lo probé para telefonear a los abuelos y los tíos y
funciona perfectamente —les comentó la madre—. Ah, y papi acaba de conectar el
contestador automático que trajimos de su estudio para usarlo acá durante estos
días. Así, nos quedamos tranquilos si nosotros necesitamos comunicarles algo con
urgencia y ustedes están en la playa. Tienen que escucharlo todos los días, ¿eh?
—Ay, mamá, cuanto lío por cuatro días locos… —protestó Marvin.
—¿Algún otro consejito? —ironizó Greta.
Sin embargo, excitados por lo que encaraban como su primera aventura “de
grandes”, tomaron las recomendaciones de buen humor y prometieron a todo que sí.
Antes de despedirse de los padres, los sorprendieron —gratamente— colocando al
frente del edificio un cartel hecho en cerámica por Greta y primorosamente pintado
por Marvin. Decía: “LA CASA VIVA”.
Si bien los chicos explicaron que se les había ocurrido bautizarla de ese
modo porque les parecía que formaban parte de ella desde siempre, que en ese
paraíso particular se sentían tan cobijados y cómodos como en el departamento del
centro, lejos estaban de suponer que habían acertado con el nombre justo.
Ya era cerca de la madrugada cuando Greta y Marvin decidieron ir a dormir.
Habían estado jugando a los dados en la sala de la planta baja.
Mientras subían la escalera de madera que los conducía a sus habitaciones,
Marvin resbaló.
Si no hubiera sido porque Greta logró atajarlo —ya que se encontraba dos
escalones más abajo— buen porrazo se hubiese dado al rodar desde allí arriba.
—¡Qué raro! —comentaban más tarde, al observar la vieja gorra marinera

que había ocasionado el resbalón—. No es de papá. ¿Cómo no la vimos antes?
¿Quién la habrá dejado en ese peldaño?
La gorra era una de esas que formaban parte de los trajes marineros que
solían usar los varones a principios de siglo. ¡Qué raro!
Más tarde, ya en su cuarto y en su cama, Greta sintió blandas pisadas que
recorrían su balcón-terraza.
—Sugestionada. Eso es. Estoy totalmente sugestionada por el asunto de la
gorra — pensó.
Encendió el velador y se levantó con decisión, haciéndose la valiente como
cada vez que algo le producía temor.
Prendió el farol de la terraza y —de un tirón de la correspondiente soguita—
corrió los cortinados del ventanal.
No había nadie allí. Salvo la mesa y las dos mecedoras de mimbre, nadie ni
nada. Dejó la luz encendida —para calmarse— y volvió a su cama.
No vio entonces —por suerte— que una de las mecedoras empezaba a
balancearse lentamente, como si alguien invisible la hubiera ocupado y mirara hacia
adentro. La mecedora siguió balanceándose hasta el amanecer.
Greta aún dormía cuando unas huellas de pies descalzos —y no mucho más
grandes que las suyas— fueron formándose en la arena, desde la parte inferior de la
casa —justo debajo de su cuarto—y en dirección al mar. Las últimas se perdieron
en las orillas y las olas se las trasaron de inmediato.
Durante la mañana del lunes, los hermanos disfrutaron del mar y de la playa.
Marvin estaba entretenido con su tabla de surf.
Greta tomaba sol sobre una loneta mientras que —de a ratos— leía una
novela de amor, ultra romántica, de esas que si se pudieran retorcer como una toalla
empapada, seguro que chorrearía almíbar.
De pronto, el calor la venció y se quedó dormida.
No habría pasado un cuarto de hora, cuando la despertó una caricia húmeda
sobre una mejilla.
Sin abrir los ojos, protestó:
—Ufa, Marvin; no molestes.
La caricia recorría ahora su espalda, era un dedo índice marcando
suavemente el contorno de su columna vertebral. Sintió un cosquilleo.
Ahí sí que abrió los ojos, enojada:
—¿Será posible que no puedas dejarme en paz?
¡Qué sorpresa! A Marvin podía contemplárselo en el mar, aún jugando con
su tabla. Y debía de ser el reflejo del sol el que le hizo ver a Greta algo así como la
delicadísima forma de una mano de muchacho, flotando un instante a su alrededor
para —en seguida— desvanecerse en el aire en dirección al mar. La chica se
inquietó.
—¡Marvin! —gritó entonces—. ¡Ya estoy achicharrada! ¡Vuelvo a la casa!
¡El sol me está haciendo ver visiones!
¿Dónde estaba Marvin? Un segundo antes, ahí, frente a ella.
—¡Marvin! ¡Marvin! —volvió a gritar, entonces, empezando a asustarse—.
—¡Maarviiin!
Su hermano salió del mar cinco minutos después, con la frente herida y sin la

tabla.
Greta lo vio corretear hacia ella, sujetándose la cabeza con ambas manos
mientras le decía:
—No pasó nada grave. Un pequeño accidente. No sé cómo pero la tabla se
me escapó, caí al agua y la maldita volvió contra mi frente con la fuerza de un
millón de olas.
Más tarde —ya en la casa— Greta curaba la herida de Marvin.
—¿Te parece que vayamos a una farmacia?, ¿qué llamemos a mamá?
—No, nena, no es nada. En dos o tres días ni cicatriz me va a quedar.
Lástima que perdí la tabla…
Ese lunes transcurrió sin que ningún otro episodio desagradable turbara la
tranquilidad de los hermanos.
—Todo bien. Todo “al pelo” —le contaba Greta esa noche a sus padres,
cuando ellos les telefonearon para saber cómo andaban.
Después de la charla telefónica, comieron y jugaron a las cartas hasta casi el
amanecer.
Ambos dormían ya en sus cuartos en el momento en que algo empezó a
agitarse por el aire en la habitación de Marvin. Producía un sonido como de hilos de
seda que el viento zarandeaba.
El muchacho dormía profundamente. Y nunca se hubiera despertado debido
a ese ruidito a no ser porque —de repente— esa especie de madeja de hilos se
depositó sobre su cara y se apretó contra ella, comenzando a quitarle el aliento. Al
principio, Marvin reaccionó instintivamente, dormido como estaba. Sus manos
intentaban —inútilmente— desprenderse de esa maraña que amenazaba ahogarlo.
Recién cuando sintió su boca llena de pelos con sabor a sal, se despertó agitadísimo.
Luchó con fuerza para librarse de aquello que —a la luz del día que ya
iluminaba a medias su cuarto— pudo ver que era una cabellera.
Una abundante, ondulada y rubia cabellera que lo abandonó cuando Marvin
estaba a punto de destrozarla a manotazos.
Como si volara despacio, se movió de aquí para allá por el cuarto y de pronto
salió por la ventana entreabierta, en dirección al mar.
Marvin se sentó en su cama. Transpirado y con taquicardia, tardó en
reaccionar. La cabeza le hervía, el cuerpo también.
—¡Tengo fiebre! ¡Qué pesadilla, demonios! —y recomponiéndose, fue hasta
el botiquín del baño en busca de aspirinas.
—Si sigo así, le voy a hacer caso a Greta y vamos a ir hasta una farmacia
para que me revisen la herida. ¿Se me habrá infectado? ¡Flor de pesadilla tuve!
¡Deliraba!
Y todo ese martes permaneció en el lecho, atendido y mimado por su
hermana, a la que no le contó ni una palabra de lo sucedido.
—Con lo miedosa que es, si le cuento mi sueño capaz que quiere volver a la
ciudad.
Greta pasó las horas de enfermera improvisada junto a la cama de Marvin y
muy entretenida con su modelado de figuritas de arcilla.
Hizo varias, pero la que más le gustó fue un florerito con la forma de una bota

Las pintó a todas y las puso a secar sobre la mesa de mimbre de su balcónterraza.
Enfrente, el bello mar y el constante rugido de las olas. Entre ellas, un
constante gemido, inaudible desde la playa.
Cuando los padres les telefonearon —cerca de la hora de cenar— el informe
de los chicos fue el mismo que el del día anterior:
—Todo bien. Todo “al pelo”.
El miércoles a la mañana —bien tempranito y después de comprobar que
Marvin dormía plácidamente— Greta bajó a caminar por la playa. Volvió para la
hora de desayunar; quería despertar a su hermano con una apetitosa bandeja repleta
de tostadas y dulce de leche.
Cuando intentó abrir la puerta de entrada a la casa, sintió que alguien resistía
del otro lado del picaporte. La puerta —entre que ella empujaba de un lado y
alguien, del otro, impidiéndole el acceso— se mantenía apenas entreabierta.
—¡Vamos, Marvin, qué tontería! ¡Espero que abras de una buena vez!
Nadie le contestó.
Greta espió entonces por el agujero de la cerradura y pudo ver una tela de
lana rayada, como la de las mallas antiguas aunque ella lo ignorara.
—¿Qué broma es esta, Marvin? ¡Que me abras de inmediato, te digo! ¡Dale,
bobo!
Greta volvió a empujar. En esta oportunidad, ya nadie resistía del otro lado
por lo que entró a la sala casi a los saltos, impulsada por su propia fuerza.
—Y —encima— te escondiste. Sí que estás en la edad del pavo, Marvin,
¿eh? Un leve chasquido —que provenía de uno de los ventanales corredizos— la
hizo darse vuelta.
Greta se dirigió —entonces— al ventanal y separó con vigor ambos
cortinados. A través de las persianas —como si éstas fueran de aire y no de
madera—escapó hacia la playa el reflejo de un muchacho rubio y vestido con malla
de otra época. Fue una visión fugaz. Greta soltó un chillido.
Marvin se apareció —de repente— en lo alto de la escalera, casi con la
almohada pegada a la cara y protestando:
—¿No se puede dormir en esta casa? ¿Qué significa este escándalo?
Durante el desayuno —que tomaron en la cocina— Greta estuvo muy
callada, pensativa.
Después, le contó a su hermano el asunto de la puerta y de la silueta
transparente.
Marvin revisó el picaporte. Aseguró que estaba medio enmohecido y le echó
unas gotas de lubricante. En cuanto a la silueta…
—Tanto leer esas novelas de amor inflama los sesos, nena… ¿No ves? Ya
estás imaginando que se te apareció un. enamorado invisible…
Tal como cuando había bautizado a la vivienda como “la casa viva”,
nuevamente había acertado en la denominación de los raros fenómenos que se
estaban desarrollando allí. Pero tan sin sospecharlo…
El muchacho trató de convencer a su hermana de que allí no pasaba nada
extraño, pero lo cierto, era que no podía dejar de pensar que sí aunque —como

varón— le costaba reconocer sus propios miedos frente a Greta: “Pérdida de
imagen, seguro”. Y cuando ella le agradeció la cantidad de caracoles y piedritas con
los que había encontrado llena la bota de cerámica, Marvin le mintió y admitió
haber sido él quien había juntado esos regalitos.
Pero la verdad era que no.
¿Quién, entonces?
Después del almorzar y dormir una breve siesta, los hermanos decidieron
bajar a la playa a juntar almejas.
—Cuando vengan papi y mami vamos a recibirlos con un festín.
Y allá fueron los dos, con baldes y palas y estuvieron recogiendo los bichos
hasta el atardecer.
Cuando regresaron a la casa, encontraron las paredes muy sudadas, como si
fueran organismos vivos que habían soportado —estoicamente— los treinta y pico
de grados de temperatura que había hecho esa tarde.
En el sofá de la sala, la presión sobre los almohadones indicaba que alguien
había estado descansando allí.
En los peldaños de la escalera, huellas que iban hacia la planta alta. Para los
tres hechos los hermanos hallaron explicaciones más o menos lógicas. Ninguno de
los dos quería confesar que empezaba a sentir verdadero miedo, mucho miedo.
Aquella fue una noche de luna llena. Todo el paisaje marino parecía detenido
en la inmovilidad de una tarjeta postal.
Después de hablar por teléfono con sus padres, Greta y Marvin salieron a
caminar un poco por su playita “particular”… Estaban alegres tras la conversación.
¿Un “poco” caminaron? ¡Poquísimo! Porque —ahora— ambos iban juntos y ambos
pudieron oir cómo eran seguidos por unas pisadas, dos o tres metros a sus espaldas.
Sin embargo, por allí no caminaba otra persona que los hermanos.
Las pisadas habían partido cerca de la casa y llegaban hasta casi las orillas,
hasta el mismo lugar donde Greta y Marvin sintieron pavor y regresaron —a la
carrera— de vuelta adentro.
Como la noche había sido tan serena, pudieron observar —a la mañana
siguiente— las marcas en la arena de sus propias huellas más otras, ésas que los
habían seguido y que —ahora, a la luz del sol— miraban cómo se perdían en el mar.
—Llamemos a mami. Quiero que ellos vengan antes, que adelanten el viaje…
o nos vamos nosotros, Marvin —le rogaba Greta a su hermano—. Tengo miedo;
estoy muerta de miedo.
—Los vamos a preocupar mucho. Y —además—¿qué les decimos? ¿que
estamos asustados por un fantasma? Si el sábado a la madrugada ya van a llegar…
Dale, nena, confianza en mí. No seré Superhombre pero conmigo no va a poder un
vulgar fantasmita… Después de todo, estamos bien, ¿o no?
Semi convencida, Greta dijo que sí —durante el resto de ese día— se
quedaron a comer en la playa, provistos como habían ido con una canasta de
alimentos, sombrilla, reposeras, revistas, paletas y la infaltable novela de amor de
Greta. Pasaron un día “bárbaro”, como decían ellos. La inquietud de las horas
pasadas parecía haber quedado definitivamente atrás.
Pero no.

Cuando regresaron a la casa —alrededor de las ocho de la noche— Marvin
subió a darse un baño.
Estaba convertido en una “milanesa humana”, después del juego de
enterrarse en la arena hasta el cuello.
Greta sacudía las lonas ——antes de entrar— cuando alcanzó a oír el piiiiip
del contestador telefónico, anunciando que acabada de grabarse un llamado. Corrió
hacia el aparato.
—Llamado de mami, seguro —pensó.
Puso en funcionamiento el rebobinador de la casete de grabación y se
dispuso a escuchar el mensaje.
Lo que escuchó le sacudió el corazón.
Era la voz de un jovencito —sin dudas— que se expresaba medio como
pegando cada palabra con la siguiente; tal como si hiciera un esfuerzo sobrehumano
para hablar y que decía:
—EestoooyenamoraaadodeGreeta.
AamoooaGreetaa.
QuieeroqueedarmesooloconGreetaa.
Estas tres oraciones —estiradas como goma de mascar— eran repetidas hasta
que concluía el tiempo de grabación con un largo suspiro entrecortado.
La chica corrió escaleras arriba. Se oía la ducha y el canturreo de Marvin. Ya
iba a llamarlo —angustiada— cuando vio que el teléfono del cuarto de su hermano
estaba descolgado.
—Ajá. Conque fue él. Qué broma siniestra me hizo el condenado. Ya me las
va a pagar.
Entró en el cuarto de Marvin —de puntillas, y colgó el auricular.
—Ahora va a venir aquí a vestirse. Buen susto le voy a dar.
Y Greta decidió ocultarse debajo de la cama. Ya llegaría Marvin, ya buscaría
sus zapatillas… y entonces… —¡zápate!— ella le tomaría las manos. Creyendo —
como él creería— que su hermana se encontraba en la planta baja… ¡Ja!
Va a ver, ése. Se le van a erizar los pelos…
Greta levantó —entonces— la colcha. Se arrodilló junto a la cama.
Empezaba a acostarse sobre el parquet cuando vio —junto a las zapatillas de su
hermano— aquellos pies descalzos, separados de todo cuerpo. Un par de pies de
varón que salieron disparando de la habitación, como al impulso de los gritos de la
jovencita.
Y el par de pies se encaminó hacia las escaleras y las descendió a todo lo que
daban.
Greta continuaba gritando, aterrorizada.
El canturreo de Marvin se interrumpió. Enseguida, un ruido en el baño —de
caño que cae— y un golpe contra el piso.
Greta chillaba; gritaba y seguía allí, acostada sobre el parquet, paralizada y
gritando.
Pronto, estuvo Marvin a su lado. Venía rengueando. Le sangraba una rodilla.
—¡Casi me mato! ¿Qué te pasa? Al oír tus gritos corrí la cortina de la ducha
y se me vino abajo, con caño y todo. Menos mal que resbalé contra el bidet.
Más tarde, Greta le contó lo ocurrido. Aún lloraba

Marvin se vendaba la rodilla, mientras intentaba calmarla y defenderse de la
acusación de haber grabado un mensaje.
Del asunto de los pies, mejor no hablar. No sabía qué decir y el sólo imaginar
el episodio le producía escalofríos.
Cuando trataron de escuchar nuevamente el mensaje, no lo ubicaron. Se
había borrado.
—Te juro que yo lo oí —sollozaba Greta—. Y también vi esos pies debajo
de tu cama.
—Está bien. Hoy vamos a dormir juntos, ¿eh?
Al rato, trasladaron la cama de Marvin al cuarto de Greta, que era más
amplio. Cerraron cuidadosamente todos los ventanales —persianas bien bajas
incluidas— y dejaron encendidas las luces de la casa.
A las cuatro de la madrugada del viernes, unos timbrazos insistentes.
Los dos se despabilaron enseguida, sobresaltados como habían pasado
aquellas horas sin poder dormir en paz.
Los timbrazos continuaban.
Ahora —también— golpes dados contra la puerta principal y contra las
persianas de la planta baja.
¿Quién sería?
Muertos de miedo, los hermanos decidieron bajar.
—¿Quien es? —preguntaron a dúo.
Las voces de sus padres casi les provocan un desmayo de felicidad.
Se abalanzaron a la puerta. Quitaron todas las trabas y—finalmente— la
abrieron. Al rato, los cuatro estaban instalados en la sala, tomando un reconfortante
chocolate los chicos y unas copitas de cognac Juan y Claudia, nerviosos como
habían viajado.
—Adelantamos el viaje porque durante todo el día de ayer, el teléfono de
aquí daba ocupado. Pedimos reparación pero —igual— no pudimos tranquilizarnos.
¡Ay, Dios!, qué susto nos llevamos al encontrar la casa como clausurada, aunque se
notaba que estaban encendidas las luces. ¿Qué les pasó?
¿Contarles todo?
Después de una ligera guiñada cómplice, Greta y Marvin resolvieron que no,
aliviados como se sentían en compañía de sus padres y empezando a sospechar que
lo aparentemente sucedido no era otra cosa que producto de su imaginación.
También, había sido la primera vez de prueba de estar solos tanto tiempo. Y tan
lejos.
Únicamente les dijeron que habían oído ruidos extraños… y que por las
dudas… por si algún ladrón…
—¡Mañana salimos con los kajaks! —anunció el padre— Ahora, ¡a
descansar todo el mundo!
Greta fue al baño. Iba a apagar la luz para regresar a su habitación cuando el
rostro de un muchacho rubio —de abundante cabellera ondulada— se le apareció
fugazmente en el espejo, por detrás del suyo. La visión duró una fracción de
segundo. El tiempo justo como para que la niña lograra ahogar un grito y correr a su
cama. Indudablemente, las alucinaciones no habían terminado.

—Mañana le voy a contar todo a mami. Si guardo en secreto todas estas
fantasías voy a acabar viendo extraterrestres —pensó.
Pero —por esta vez— les pidió a sus padres que le permitieran descansar con
ellos, como cuando era chiquita. Un rato después, los cuatro Alcobre dormían.
Primero fue un chasquido proveniente de la cocina y que nadie oyó.
Enseguida, otro, más fuerte que el anterior: algo se estaba resquebrajando. De
inmediato, un ruido como de cristales que se parten contra el piso.
Entonces sí que los cuatro se despertaron.
Se apuraron en llegar a la cocina. Todos los azulejos de una de las paredes se
estaban despegando como figuritas de papel, separándose varios centímetros del
cemento antes de estrellarse contra las baldosas del suelo.
En pocos instantes, esa pared quedó casi desnuda.
Los chicos se asustaron mucho —por supuesto—pero el padre opinó que se
trataba de un mal pegamento… y que la dilatación de los materiales… y que ya le iba
a reclamar al arquitecto que se había encargado de las refacciones.
La madre puso en marcha el ventilador de techo, para refrescar el ambiente
cálido de la cocina cerrada y los invitó a otra vuelta de chocolate, mientras le
ofrecía un licorcito helado a su marido.
Una pausa amable antes de regresar a la cama, después de aquel disgusto.
Así —pues— los cuatro se sentaron en torno a la mesa redonda, instalada debajo del
ventilador.
Charlaban acerca de lo acontecido, sin darle mayor importancia.
Un crac, seguido de otro y de otro más, les hizo elevar las miradas hacia el
techo. Varias grietas se comenzaban a dibujar allí, exactamente alrededor de la parte
central del ventilador que giraba normalmente.
El último crac fue la alarma de que el artefacto amenazaba desprenderse.
—¡Levántense! ¡Salgan de acá, rápido! —gritó el padre, mientras él también
abandonaba su puesto a la mesa.
Los cuatro consiguieron salir de la cocina con la celeridad necesaria como
para salvarse de lo que podía haber sido una catástrofe: el ventilador de techo se
desprendió —girando enloquecido— y —girando aún— se desplomó sobre la mesa.
Instintivamente, la madre se llevó las manos al cuello. Los demás la imitaron y
tragaron saliva.
—¡Indemnización! ¡Eso. es! ¡Indemnización por daños y perjuicios, eso es lo
que le voy a pedir al incompetente de ese arquitecto! ¿A quién hizo instalar las
cosas? ¡Podríamos haber sido degollados! ¡Es como para denunciarlo a ese inútil!
—así protestaba el padre, furibundo, una vez que el nuevo accidente había pasado
sin otra consecuencia que el gran susto.
—¡Mañana a la tarde lo voy a ir a buscara su estudio de “La Resolana” y si
no está, sus empleados van a hacerse responsables! ¡Qué se cree ése! ¡Cualquiera de
nosotros podría haber caído degollado!
—Calma, Juan. El estudio no abre hasta mañana a las seis de la tarde. Hasta
entonces, calma, por favor, ¿eh?.
Claudia trataba de serenar a su marido. A la media hora, los cuatro se
retiraron a dormir siquiera un rato.
¡Qué mañana radiante la de aquel viernes! Totalmente propicia como para

tranquilizar los ánimos más alterados.
¿Y el mar? Con el oleaje ideal para salir a dar vueltas con los dos kajaks.
—¡Primero yo con papi! —exclamó Greta, mientras se apresuraba a calzarse
el salvavidas.
—¡Qué viva!, ¿eh? se quejó Marvin.
El padre no los dejaba salir solos. La mamá, ni soñar con que iba a encerrar
medio cuerpo en esa canoa tipo esquimal y a luchar contra las olas con la única
asistencia de un remo.
Así fue como Greta y su padre se lanzaron al mar, cada uno en su
correspondiente kajak.
Marvin decidió nadar un rato.
La madre se embadurnó con bronceador y se reclinó en una reposera, de cara
al sol.
De tanto en tanto, controlaba que sus tres deportistas anduvieran por allí, con
una mirada atenta.
Ya bastante alejados de la costa pero no tanto como para que pudiera
considerarse una imprudencia, Greta y su papá disfrutaban del paseo, sobre una
zona sin oleaje. Iban en fila india, a veinticinco o treinta metros de separación uno
del otro.
De repente, Greta vio unos brazos que salían del agua y que se aferraban a su
kajak, como si quisieran ponerlo del revés.
—¡Papi! —gritó espantada.
Los brazos que subían del mar se esforzaron y —pronto— la cabeza y del
torso de un muchacho estuvieron junto a los de la niña.
La cara, hinchada, amoratada, de labios violáceos.
La cabeza, rubia, de pelo abundante y ondulado.
¡El mismo muchacho que le había parecido ver la noche anterior, reflejado
en el espejo del baño!
—¡Papá! ¡Socorro! —volvió a exclamar Greta, una y otra vez, antes de que
esos vigorosos brazos juveniles lograran dar vuelta su kajak.
Pronto empezó a sentir que se ahogaba, atrapada como estaba en la pequeña
embarcación.
Sintió que la besaban. Con desesperación. Y que aquellos brazos la
arrastraban hacia las profundidades, rasguñándola en el brutal intento de llevársela
consigo.
El padre se deshizo de su kajak y nadó hacia el lugar a donde había visto
hundirse a su hija.
Logró rescatarla, después de una pelea feroz con quien —en aquellos
momentos de horror— le pareció un embravecido animal marino.
Cuando llegó a la costa —con su hija a la rastra— la reanimó.
Greta ya abría los ojos y volvía a respirar por sus propios medios. Fue en
esos instantes cuando el papá advirtió que su mujer no se encontraba en las
inmediaciones.
La reposera, la revista, los anteojos de sol, tirados en la arena. De ella,
ninguna otra señal.
Volvió a la casa, cargando a Greta en brazos. Nadie estaba allí.

Angustiadísimo, tomó el teléfono y llamó a la policía, al servicio de
guardavidas de la playa cercana, al puesto sanitario…
No había concluido aún con sus desesperadas comunicaciones, cuando una
ambulancia se detuvo en la puerta de “La casa viva”.
De ella bajó Claudia, llorando desconsolada.
De ella bajaron una camilla en la que yacía Marvin, inerte.
Tres guardavidas y dos enfermeros explicaron:
—No; el chico se ahogó después del golpe. Se ahogó porque el golpe lo
desmayó. También, tamaña tabla… El impacto fue terrible… Nosotros lo sacamos
con la mayor rapidez posible, pero ya no había nada que hacer… Mire qué tabla
sólida, aquí está…
—¡Esa es la tabla de surf de Marvin, la que perdió el otro día! —gritó la
hermana, tan sin consuelo como sus padres.
Y los tres se abrazaron y lloraron juntos, hasta casi agotar las lágrimas.
Por supuesto, al día siguiente de la tragedia, los Alcobre regresaron a la
ciudad.
“La casa viva” fue puesta en venta —de inmediato— y por cuarta parte del
precio de lo que —en realidad—valía. Querían deshacerse de ella lo antes posible.
Aún sigue en venta, y eso que transcurrieron cuatro años de aquel desdichado
suceso.
Ni siquiera logró alquilarse.
Es probable que los rumores en torno de lo ocurrido a la familia Alcobre
hayan circulado con rapidez… También…
Seguramente, volverá a quedar abandonada —por Juan y Claudia en esta
ocasión— tal como cuando ellos la descubrieron había sido abandonada por los
Padilla, por los Caride y por los Ayerza. (Claro que los padres de Greta y Marvin
ignoraban ese detalle… de lo contrario…).
Acaso pasen quince o veinte años hasta que el muchacho rubio de pelo
ondulado y abundante vuelva a tener otra oportunidad.
¿Otra oportunidad de qué?
De enamorarse.
De que se enamoren de él.
A las inmobiliarias de “Villa La Resolana” les interesa su negocio y —
además— a ellos no les consta de que ciertos hechos hayan sucedido tal como se
rumorea. Opinan que se trata de desgraciadas casualidades y que la gente suele ser
muy impresionable. Por eso, se cuidan mucho de divulgar lo que cuentan algunos de
los más viejos lugareños: dicen que esa casa había sido construida —a principios de
siglo— por la familia Padilla. A ella pertenecía Gastón, un simpático jovencito de
doce o trece años, de pelo rubio, ondulado y abundante,— el mismo que había
muerto ahogado ahí nomás —frente a la casa— pocos días después de que la habían
estrenado.
Su abuela —la única moradora que quiso permanecer en la residencia hasta
su propia muerte, que fue de puro viejita nomás— aseguraba que el fantasma del
pobrecito de su nieto preferido vagaba por allí, almita en pena a la que ella no podía
dejar sola.

Varios años después, los Caride y —más adelante— los Ayerza —familias
que compraron la casa sucesivamente— dijeron —al abandonarla— que en ese sitio
sucedían cosas muy raras.
Algunos cuentan que tanto los Caride como los Ayerza habían estado a punto
de perder una de sus hijas menores —ahogadas en el mar mientras pasaban allí sus
vacaciones— y que los muchachos de ambas familias —hermanos o novios—
sufrieron extraños accidentes, como si el ánima se hubiera sentido celosa de ellos.
Otros —los más imaginativos y soñadores— dicen que ningún fantasma
puede descansar en paz si —mientras fue un ser vivo— nunca ha estado enamorado
o —lo que es, acaso, más triste— si muere cuando aún nadie se ha enamorado de él.

Elsa Bornemann – Libro “Socorro!! 12 Cuentos para caerse de miedo”

(Fragmento)

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