Algunos Cuentos de Elsa Bornemann

AQUEL CUADRO

 

Arriba del ropero del dormitorio de sus padres. En el mismo sitio a donde había ido a parar una variedad de objetos en desuso. Debajo de la sába­na de polvo y pelusas que los cubría. Ahí encontró Hilario Cuevas aquel cuadro, cuidadosamente em­paquetado y lo único rescatable del montón de cosas que su madre había ido colocando sobre el ropero a lo largo de su matrimonio. (¿Quién —que tenga o haya tenido un ropero— no lo usa o lo usó como una suerte de depósito de objetos que no se decide a tirar, aunque intuye que jamás volverá a necesitarlos?)

Aquel cuadro era un óleo de mediana propor­ción, enmarcado.

Sobre el ángulo inferior derecho de la tela, la querida letra y la firma que el joven conocía bien: Irenita. Junto a la firma, una fecha que indicaba que esa pintura había sido hecha por su madre cin­cuenta años atrás, como las otras que decoraban una pared de la cocina y que pertenecían a la época de la niñez de Irene, cuando fantaseaba con ser artista plástica.

Nunca lo había visto antes. Por eso, Hilario se conmovió doblemente y —durante un rato— permaneció sentado sobre la cama de los padres, abra­zado al cuadro y con la mirada perdida en sus recuerdos.

La campanilla del teléfono lo volvió al presente.

Ya habían cortado cuando atendió. Ahora esta­ba en su cuarto y aún cargaba —amorosamente— el óleo cuando se le ocurrió que esa pared desnuda frente a su propia cama era el lugar ideal para colgarlo.

—Así lo voy a contemplar todas las noches… —pensaba, mientras que a golpe de martillo, colo­caba un clavo en el espacio elegido—. Es como si mamá hubiera querido hacerme un regalo postre­ro… Pobrecita… ¡ya un mes que no está más…!

E Hilario dedicó la última hora de aquel viernes a mirar el cuadro con enternecido detenimiento.

Su mamá había pintado una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cortinas que impedían ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas…

Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho ma­nejando una hoz.

¿El jardinero de aquella residencia, tal vez?

Durante las semanas que siguieron al encuentro de aquel cuadro, Hilario destinó sus momentos libres a contemplarlo.

Emocionado como estaba por ese hallazgo inesperado, cada día le parecía más hermoso y no lograba explicarse por qué su madre lo habría guardado, casi oculto se hubiera dicho.

Una noche —a punto de dormirse a la par que escuchaba la radio y con la vista distraída en el óleo— Hilario creyó observar que una de las corti­nas del primer piso de la casa pintada se descorría lentamente.

—El sueño me hace ver visiones… —pensó de inmediato y apagó el velador, dispuesto a des­cansar.

—Todas las cortinas de esa casa están corridas —se dijo, antes de caer profundamente dormido.

Y esa madrugada soñó con sus padres y se sintió pequeño y mimado como cuando los dos vivían y le decían “Lari”.

Se despertó de buen humor.

Se estaba vistiendo para salir a hacer su acos­tumbrada caminata de los sábados, cuando recor­dó el asunto de la cortina del cuadro.

Se volvió hacia el óleo y sonreía por lo que —en ese momento— consideraba una visión producto del cansancio nocturno, pero vio que la cortina del primer piso de la casa pintada estaba —real­mente— descorrida.

Se inquietó. Y más aún cuando una nena que aparentaba pedir auxilio se asomó a esa ventana y le hizo señas desesperadas. Enseguida —y por de­trás de la niña— una mujer —que se le parecía notablemente— hizo lo mismo.

Hilario creyó que se estaba volviendo loco.

—Esto me pasa por pasar tantas horas mirando el cuadro de mamá —supuso—. Estoy sugestionado como una criatura y —muy molesto consigo mismo— terminó de abrocharse las zapatillas y aban­donó su cuarto, sin volver a mirar el óleo.

Esa noche —ya de regreso a su casa— decidió que dormiría en la sala. Se ubicó —entonces— en un sofá, prometiéndose que no volvería a mirar el cuadro hasta la mañana siguiente.

Sin embargo, cerca de la madrugada se desper­tó de repente. Transpirando —a pesar de la baja temperatura ambiente—y con la necesidad imposter­gable de contemplar el óleo.

Se dirigió a su cuarto y así lo hizo. ¡Para qué! Ahora eran dos las cortinas descorridas. Tres de las ventanas del primer piso de la casa pintada lo estaban y —detrás de ellas, la niña y la mujer en una, un niño en la otra y un hombre en la restante—. Todos pedían auxilio y le hacían señas desesperadas. En sus caras, el espanto. En la de Hilario, también.

Temblando, descolgó —entonces— el cuadro y lo colocó —bruscamente— sobre su cama, de pintura contra el acolchado, para no ver esas imágenes que tanto lo estaban perturbando. ¿Cómo era po­sible?

En un impulso, se abrigó para salir a la calle:

—Debo averiguar si esa casa que pintó mamá existe o existió y a quién pertenece —pensaba—, y la primera idea que tuvo al recorrer la cuadra de su domicilio fue la de encaminarse hacia el barrio donde ella había pasado su infancia y su adoles­cencia y del que había partido para casarse con su padre.

—Seguramente, esa pintura —como las otras que hizo— fue inspirada en algún paisaje vecino…

Hilario estaba tan nervioso que las aproximada­mente ochenta cuadras que lo separaban de aque­lla zona las atravesó casi sin darse cuenta.

El sol del domingo ya acariciaba los árboles cuando llegó al barrio donde su mamá había sido “Irenita”. Recién después de haberlo recorrido sin parar, Hilario se halló —de pronto— frente a la casa que la madre había pintado en el cuadro. Dos veces había pasado a lo largo de ella y sin reconocerla.

Claro, cincuenta años no habían transcurrido en vano: era la misma casa, pero lógicamente enveje­cida por la acción del tiempo y bastante transfor­mada a fuerza de refacciones. El jardín delantero no existía ya, por ejemplo. Un desierto patio ocu­paba el espacio que antes había pertenecido a césped y plantas.

Sobre la verja de la entrada, un cartel anunciaba: “Jardín de Infantes Tulipán”.

Como tantas otras antiguas casonas, a esa tam­bién la habían convertido en una escuela.

Muy excitado, Hilario pulsó el timbre sobre el que se leía: “Portería”.

Ya estaba por irse —después de tocar varias y prolongadas veces— cuando una viejita salió desde una de las puertas laterales de la residencia.

—Sí… ya va… Ya va… —decía, mientras se le apro­ximaba a Hilario alisándose el pelo y acomodán­dose una chaqueta que terminaba de ponerse.

—¿Qué desea, señor?

—Esteee… Buenos días… Disculpe la molestia… pero…

—¿Qué pasa? A usted no lo tengo visto por aquí. ¿En qué puedo serle útil?

Entonces, Hilario le contó una historia que se le iba ocurriendo a medida que la desarrollaba.

No podía decirle la verdad. El caso es que se las ingenió tan bien que la viejita le dio —exactamen­te— la información que el muchacho ansiaba.

Entre otros detalles que no le interesaban en absoluto supo —por ejemplo— que esa casa había pertenecido —cincuenta años atrás— a una tal fami­lia Dubatti… que sus cuatro integrantes habían muerto asesinados… que nunca se había descu­bierto al criminal… que la finca había permanecido cerrada durante mucho tiempo… y que ella era la encargada desde el mes en que se había inaugura­do el Jardín de Infantes, hacía once años.

La viejita seguía hablando y hablando cuando Hilario pensó que ya tenía datos suficientes como para empezar a comprender el secreto que el cuadro encerraba.

Casi sin despedirse de la anciana, llamó a un taxi y volvió a su casa, hecho un relámpago.

Corrió a su cuarto y tomó el cuadro. Lo observó con atención.

El miedo le picoteó el corazón.

¡Las cortinas del primer piso de la casa pintada continuaban desco­rridas pero ningún rostro desesperado volvió a dibujarse detrás de ellas! Aunque lo más impresio­nante era que…. ¡la silueta del jardinero había desa­parecido del óleo!

Fuera de control, Hilario arrojó el cuadro al aire.

Al estrellarse contra el suelo, el marco quedó por un lado, el óleo por otro y el cartón que lo protegía por detrás fue a parar abajo de su cama.

Cuando —dolorido por su actitud de haber in­tentado romper una pintura de su madre—, Hilario se empezó a recomponer y a recoger las partes dispersas del cuadro, encontró aquel papel do­blado en varios cuadraditos.

Era un papel de carta fino, tipo Biblia y —sin dudas— había saltado del interior del cuadro cuan­do se había descuajeringado debido al golpe contra el piso.

Con el corazón fruncido, el joven lo desdobló. Era un mensaje manuscrito.         La letra infantil de su madre y esta confesión:

 

 

ME LLAMO IRENE DEL PINO Y TENGO DOCE AÑOS. AYER MISMO —ANTES DE QUE LLEGARA LA POLICÍA— DESCUBRÍ —POR CASUALIDAD— QUIÉN ES EL ASESINO DE LOS DUBATTI. PERO ÉL LO SABE Y ME AMENAZÓ DICIÉNDOME QUE SI SE ME OCURRE CONTAR LO QUE VI, ME VA A MATAR.

ME DIJO TAMBIÉN:

—ESTÉS DONDE ESTÉS Y SEA CUANDO FUERE, SI ALGUIEN SE ENTERA DE LO QUE PRESENCIASTE, YO ME LAS ARREGLARÉ PARA MATARTE APENAS ME DELATES. Y CON LA MISMA ARMA CON QUE ASESINÉ A TU AMIGA ANDREA Y AL RESTO DE SU FAMILIA: A SUS PADRES Y A SU HERMANO LOREN­ZO, POR SI DEBO RECORDÁRTELO. CON ESA MIS­MA ARMA QUE ME SORPRENDISTE LAVANDO, VOY A ACARICIAR —ENTONCES— TU COGOTE.

YA TE ESTOY ODIANDO COMO A LOS DUBATTI, ASÍ QUE NO LO OLVIDES Y BOCA CERRADA. ¿EN­TENDISTE?

TENGO PÁNICO Y ESCRIBO PARA ALIVIARME UN POCO DEL PESO DE ESTE SECRETO TERRORÍFI­CO. LE PIDO A DIOS QUE ME AYUDE A CALLAR Y ESPERO QUE SE HAGA JUSTICIA ALGÚN DÍA.

EN EL CUADRO QUE ACABO DE PINTAR Y DEN­TRO DE CUYO MARCO VOY A OCULTAR ESTE MENSAJE, APARECE EL ASESINO CON SU ARMA, EN LA MISMA CASA EN LA QUE COMETIÓ SUS CRÍMENES. OJALÁ RECIBA SU MERECIDO CAS­TIGO.

IRENITA

 

 

Un grito arañó la garganta de Hilario:

—¡El jardinero! ¡El jardinero fue el asesino de la familia Dubatti! En el mismo instante en que pronunciaba aquellas palabras, recordó que ya no estaba en el óleo. ¿Dónde entonces?

Hilario se lanzó sobre el teléfono. Comenzaban discar el número de la policía —por más que se le antojaba absurdo todo lo que le estaba ocurrien­do— cuando la sombra de una hoz —proyectada sobre la pared que tenía al frente— lo paralizó.

¡El jardinero del cuadro!

Se dio vuelta con el tiempo justo como para ver lo que mejor no: erguido a sus espaldas y barajan­do la hoz, un viejo.

Durante un instante, Hilario creyó que estaba a salvo. ¡El jardinero del cuadro era un muchacho y no ese hombre de barba y pelos blancos!

Durante el instante siguiente, Hilario entendió que estaba perdido:

¡Ese hombre era el jardinero, con cincuenta años más sobre su piel!

—¡Piedad —por favor— no me mate! —aulló en­tonces.

El viejo seguía haciendo bailar su hoz mientras le decía:

—Ja. Yo no cometo dos veces el mismo error. Voy a degollarte como tendría que haberlo hecho con Irenita, tu estúpida madre…

—¡Le ruego; déjeme vivir y juro que no voy a delatarlo! ¡Mire, mire lo que hago con este mensaje de mi mamá! —e Hilario rompió el papel de la confesión en mil pedacitos y —haciendo un bollito con ellos— se los tragó.

El jardinero estaba a punto de descargar su hoz contra el cuello de Hilario pero el rostro y el cuerpo del muchacho le indicaron que no hacía falta: era evidente que acababa de sufrir un ataque al co­razón.

Pocos minutos después, expiraba.

—Indudablemente, este muchacho se trastornó debido al fallecimiento de su madre… —opinó, días después, el jefe de policía en una conferencia de prensa.

Y vean si no: la autopsia reveló que su última cena fue… papel… Un loco manso, eso es todo… No, su habitación estaba en perfecto orden. Un síncope.

¿El cuadro que encontramos junto a su cadáver y todo roto? Ah, sí. Una pintura hecha por su mamá durante la infancia… Nada de valor… Afectivo sí, por supuesto.

¿Qué representa? Una casa. Una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cor­tinas que impiden ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas… Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho manejando una hoz. ¿El jardinero de la residencia, tal vez? Pero ya me están haciendo ir por las ramas: ¿Qué tiene que ver el óleo con la muerte, señores periodistas?

Y aquel cuadro —pintado por inexpertas manos infantiles y al que— por lo mismo —no se le otorgó ninguna importancia—, fue a parar a uno de los tantos camiones que recolectan desperdicios, jun­to con todos los demás que había hecho Irenita.

HOMBRE DE NIEVE

 

 Había una vez —en una humilde aldea nórdica— dos mujeres que asombraban a todos con sus delicadas tallas sobre madera.

Una de las mujeres, viejita, muy viejita. Se llama­ba Gudelia y era una maravillosa artesana.

La otra, joven, muy jovencita. Su nombre era Romilda, le decían “Romi” y era una excelente aprendiz de Gudelia.

Todas las semanas, las dos iban hasta el bosque más cercano en busca de ramas y pedazos de troncos para su trabajo. Pero como el bosque más cercano quedaba del otro lado del río que limita­ba el norte de la aldea, debían cruzarlo en bote.

Cada domingo, Azariel —el botero— las traslada­ba de ida al bosque y de vuelta a la aldea, a cambio de una abundante ración de pastel de papas que ellas mismas preparaban especial­mente.

Un atardecer dominguero, mientras Gudelia y Romi se encontraban atando el material que habían recolectado, se desató —de improviso— una fuerte tormenta de nieve.

Las dos corrieron —entonces— cargando los atados, en dirección a la orilla donde —habitualmente— las esperaba el botero.

Azariel había construido allí una cabaña y era común que las mujeres tuvieran que entrar para despertarlo, dormido como se quedaba —aguardándolas— después de tomar unas cuantas copitas de ginebra.

Pero en esa oportunidad no lo encontraron; tan tarde llegaron a la cabaña… La tormenta les había dificultado la marcha por el bosque.

A pesar de la nieve que bajaba biombos y de la correntada que agitaba las aguas, Romi pudo ver que el bote del señor Azariel ya estaba amarrado del otro lado del río.

No les quedaba más remedio que buscar refu­gio en la cabaña y confiar en que las condiciones del tiempo mejoraran pronto.

Se cobijaron —entonces— dentro de la cabaña.

El único cuarto del que constaba la construc­ción estaba helado. No había ningún alimento, ni bebida, ni siquiera un brasero con el que aliviar el intenso frío.

Apenas un camastro y una botella con restos de ginebra.

Romi tuvo que insistir mucho para que la viejita usara el camastro.

Bondadosa como era Gudelia y tanto como quería a la niña, fue después de un rato de:

—Usted.

—No, usted.

—Insisto en que usted.

—Digo que usted.

—Usted.

que Romi consiguió convencerla de que fuera ella quien se acostara en ese precario lecho.

Ya era noche total cuando la viejita se durmió, encogida y temblando de frío.

Echada a su lado —sobre el suelo y también temblando— Romi permanecía despierta en la os­curidad. Le asustaba el silbido del viento y las uñas de la nieve, raspando la ventana y la puerta de la cabaña.

Desde el río encrespado le llegaban —para col­mo— las inquietantes voces del agua.

La muchacha sentía que se estaba congelando —tanto de frío como de miedo— pero —finalmente— el cansancio pudo más y —también— se quedó dormida.

Pasada la medianoche y cuando la tormenta continuaba azotando la cabaña, Romi se despertó, de repente.

Un leve roce —como de mano de nieve sobre su frente— la había traído de vuelta del sueño.

Se inquietó: la puerta estaba entreabierta —a pesar de que ellas la habían cerrado bien— y una misteriosa luminosidad le permitía ver —claramen­te— el interior de la habitación.

Mejor no hubiera visto nada, porque lo que vio la llenó de espanto: un increíblemente hermoso caballero (de belleza masculina, aclaremos), ape­nas un poco mayor que ella, blanco desde los cabellos a los pies y vestido íntegramente de blan­co, se reclinaba sobre la viejita Gudelia y le sopla­ba a la cara con furia. Su aliento podía verse con nitidez. Era como una cinta de humo —también blanco— desenrollándose de su boca.

Romi quiso gritar, pero ningún sonido salió de su garganta. Sin embargo, fue como si hubiera grita­do, porque el caballero cesó con sus soplidos y levantó el blanco rostro hacia ella. Se le acercó hasta casi tocarla y la miraba con sus blanquísimos ojos de alucinado cuando le dijo:

—Vine para soplarte con mi aliento, lo mismo que a la vieja. Pero eres tan dulce y tan niña que siento un poco de pena por ti. Por eso, no voy a hacerte daño. Pero jamás olvides que no deberás contarle a nadie lo que has visto esta noche, ni siquiera a tu padre. Recuérdalo bien, Romi: Si alguna vez —dondequiera que te encuentres— se te ocurre confiarle a alguien —quienquiera que sea— lo que hoy viste aquí, yo me voy a enterar —de inmediato—, y —de inmediato— estaré a tu lado para que mueras en ese preciso instante.

Romi seguía petrificada en el silencio de su pánico.

El caballero blanco le dedicó —entonces— una última y sostenida mirada blanca. Enseguida, aban­donó la cabaña cerrando la puerta tras de sí.

La tormenta pareció intensificarse cuando el ní­veo visitante se perdió en las sombras.

A través de la ventana, Romi ya no volvió a contemplar otra cosa que oscuridad. Desespera­da, gritó —varias veces— el nombre de Gudelia y tanteó hasta encontrarla. Le tocó la cara, las manos, los pies: la piel de la viejita parecía de puro hielo. Estaba muerta la pobre.

Romi se abrazó —entonces— a su cuerpo helado y lloró como sólo lo había hecho de muy niña, al perder a su madre.

La tormenta acabó al amanecer. Cuando —poco después— Azariel —el botero— llegó de nuevo a su cabaña, encontró a Romi sin sentido y aún abraza­da al cadáver de Gudelia.

La jovencita necesitó varias semanas para repo­nerse por completo. Su padre pensaba que la muerte de Gudelia —su querida maestra— la había afectado demasiado.

Y sí, la había entristecido profundamente, pero lo que él no sabía era que su hija también sentía el corazón herido por la visión que había tenido en la cabaña y de la que no se atrevía a hablar con nadie.

Silenciosa y solitaria, Romi volvió —al tiempo— a su trabajo con la madera y —también— al bosque a buscar material, como tantas veces lo había hecho con su inolvidable Gudelia.

Pasaron cinco años. Una tarde, Romi volvía a su casa después de unas compras en el centro de la aldea. De pronto —al doblar una esquina— tropezó con un muchacho que caminaba en la dirección contraria. Durante algunos instantes, los dos se co­rrieron hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia la izquierda y nuevamente hacia la derecha, coinci­diendo en sus movimientos.

Así —tan sin proponérselo— ninguno dejaba pa­sar al otro.

Este brevísimo episodio los divirtió y ambos se pusieron a reír con ganas.

—Permítame presentarme, señorita. Ya que pare­ce que vamos a quedarnos eternamente en esta esquina: será mejor que sepamos quiénes somos, ¿no? —le dijo entonces el joven, riéndose todavía—. Me llamo Olao. ¿Y usted?

—Romi.

Recién entonces observó ella el rostro del mu­chacho —de una asombrosa palidez lunar— y —de una rápida ojeada— su apariencia.

No era de la aldea. Lo que sí era… extraordinaria­mente atractivo, hermoso podría decirse, todo lo hermoso que un hombre puede ser para los ojos de una mujer…

—Estoy de paso por aquí. Voy camino al país vecino, donde me han dicho que necesitan brazos para las cosechas. Soy huérfano de nacimiento —le contó más tarde, mientras la acompañaba hasta su casa, de puro cortés—. Lamentablemente, no tengo hermanos, ni primos, ni tíos… Ningún pariente.

Romi lo escuchaba fascinada. Era la primera vez en su vida que un muchacho le llamaba la atención de ese modo.

—¿Me estaré enamorando? —pensaba— ¿Será es­to el amor?

Y cuando él la despidió en la puerta de su casa y prometió quedarse un día más en la aldea para poder verla —otra vez— a la mañana siguiente, Romi ya no tuvo dudas: sí, ella estaba enamorada de Olao.

Pero tampoco tuvo dudas de que él también se había enamorado.

Esa noche, le contó todo a su padre y éste le dijo:

—Cuando ese joven venga mañana a despedirse de ti, quiero conocerlo, Romi. Mira, hija, yo ya estoy viejo y no me gustaría morirme sin verte casada. Sufro al pensar que puedas quedarte sola en el mundo… Por eso, si ese tal Olao me parece honra­do y trabajador, les daré mi autorización para la boda y…

—Pero… Hay un problema… Ya le conté que él no tiene empleo, padre.

—No me has dejado terminar la oración, hija. Decía que les daré mi autorización para la boda… y trabajo a Olao, en mi molino.

Diez años después de esta conversación, Romi y Olao cumplieron diez felices años de matrimonio.

Cuando el padre de ella murió, sus últimas pala­bras fueron de gran afecto para su hija y de sincera alabanza para su yerno.

Todos en la aldea apreciaban a Olao y adoraban a los siete hijitos que había tenido con Romi. Los siete eran parecidísimos ya a ella, ya al abuelo… pero todos con esa sorprendente pali­dez lunar que sólo habían heredado de su papá.

A pesar de estimarlo a Olao, los hombres de la vecindad murmuraban —a veces entre cerveza y cerveza— que ese extranjero debía de poseer el elixir de la juventud, porque —mientras ellos en­vejecían— él se mantenía igualito al día en que había aparecido en la aldea, diez años atrás.

Una noche, mientras los niños dormían y Romi daba los últimos toques a una nueva talla a la luz de una lámpara; a la luz de otra y en la misma cocina, Olao arreglaba la rotura de una bolsa.

La gruesa aguja iba y venía sobre el cuero.

Al rato, Romi descansó un instante y fijó su vista sobre el esposo. Un lejano recuerdo se le superpu­so —de golpe— sobre la imagen de Olao y —amoro­samente— le dijo entonces:

—¿Sabes una cosa, querido? Recién, al mirarte mientras estabas tan concentrado en tu trabajo de compostura, con la luz de la lámpara haciéndote brillar el pelo y la barba, me acordé de un suceso extraño y terrible…

Olao no abandonó su labor, pero se notaba que la escuchaba atentamente.

Romi prosiguió con el relato:

—Yo tenía trece años… Una noche de tormenta, conocí un joven tan atractivo, tan hermoso, tan pálido como tú… Cuando te miré —recién— sentí que —en realidad— eres idéntico a aquel mu­chacho…

Sin dejar de coser la bolsa, Olao le preguntó:

—¿Y dónde lo conociste, si puede saberse?

Entonces Romi le contó la espantosa historia vivida en aquella cabaña, del otro lado del río. Concluyó su narración con estas palabras:

—Fue la única vez que vi a un joven tan seductor como tú… Claro que nunca estaré segura de si fue una pesadilla… o —si en verdad— estuvo conmigo un hombre de nieve… un caballero de muerte… De todos modos, él sólo me produjo pavor… en tanto que tú… Te amo, Olao… Te amo…

Como si le hubiera dado un súbito ataque de locura, Olao saltó de su silla al escuchar el final de esta confesión, arrojando la bolsa al aire.

Se abalanzó sobre Romi —que lo contemplaba perpleja— y la empezó a sacudir de los hombros, a la par que le gritaba con furia:

—¡Era yo! ¡Era yo, insensata! ¡Aquél hombre de nieve era yo! ¡y te dije —entonces— que si alguna vez —dondequiera que te encontraras— se te ocu­rría contarle a alguien —quienquiera que fuese— lo que allí habías visto, yo me iba a enterar —de inmediato— y —de inmediato— estaría a tu lado para que murieses!

La miraba con ojos de alucinado y de su boca comenzaba a salir como una cinta de humo blanco —que congelaba el aire al desenrollarse— cuando soltó a Romi —de golpe— y se echó hacia atrás.

Impresionantes temblores agitaban su cuerpo y un viento helado invadió la cocina mientras seguía gritándole a su esposa:

—¡No te mato ahora mismo porque tengo piedad de los siete niños! ¡Pero escucha bien —insensata— cuida de ellos, cuida de mis hijos con todas tus energías y jamás reveles su origen, porque si llego a encontrar el mínimo motivo de queja te juro que volveré —de inmediato— para arrancarte la vida, con el más gélido de mis soplos!

A medida que terminaba de hablar, la voz de Olao se iba afinando, afinando hasta no ser sino un agudo silbido del viento. Su cuerpo —desde la cabeza a los pies— se tornó blanco primero, de nieve después, de hielo enseguida hasta que —fi­nalmente— se derritió por completo y no fue más que una extendida mancha sobre el piso, una mancha que se evaporó, desapareciendo en una espiral de humo blanco que congeló el aire a su alrededor.

Aterrorizada, Romi comprendió —entonces— que se había enamorado del hombre de nieve, del blanco caballero helado… que se había casado con él, con el irresistible Hermano Muerte.

MODELO XVZ-91

 

 

Que no. Que a nadie le llamará —particularmente— la atención. Que ni la directora, ni la vice, ni los maestros de la prestigiosa escuela “INTER-EDUCA” van a advertir algo especial en ese nuevo alumno que mañana ha de incorporarse a uno de los grados, a mitad del ciclo primario.

Tampoco tendrán ningún motivo para inquietar­se, para observar a ese niño con dedicación preferencial.

En apariencia, Jarpo es una criatura como todas. ¿Por qué habría de concitar —entonces— otro inte­rés que no sea el que despiertan los demás alumnos?

Además, ubicada como está la escuela en la zona de embajadas, consulados y residencias de diplomáticos destacados en la República de Burgala, es común que muchos niños ingresen a sus aulas en cualquier etapa del período lectivo y —también— que lo abandonen antes de concluirlo.

Se trata de hijos de personal diplomático prove­niente de todo el mundo y de estadía transitoria en Burgala. Se trasladan con sus padres de uno a otro país, a donde aquéllos sean destinados por sus respectivos gobiernos.

Al pequeño Jarpo lo inscriben como uno más de ellos.

Jarpo llega a su nueva escuela en uno de los buses que recorre la zona en busca de los alum­nos. Durante el trayecto no ha hablado con sus compañeros, salvo el “Buenos días” de rigor, al subir al vehículo. Él no conoce a nadie —todavía— y es lógico que sienta bastante timidez.

Sentadas en el primer asiento —del lado opuesto al conductor— están Zelda y Nuria, amigas insepa­rables. Ambas han sentido un cosquilleo de emoción no bien Jarpo subió al vehículo, pasando a su lado, tan cerquita de ellas y mirándolas de reojo.

Zelda es la primera en reaccionar. Codea a Nuria para susurrarle:

—¿Lo viste? Mmm… ¡Qué rico!

Nuria asiente y murmura:

—Sí… pero antipático,— apenas si saludó.

Zelda saca un espejito. Lo coloca entre medio de ambas y así —una vez cada una— pueden mirar hacia atrás sin ser descubiertas.

Fingen arreglarse los moños, acomodarse el fle­quillo, sacarse alguna inexistente pelusita del ojo… La cuestión es usar el improvisado invento del espejo retrovisor y contemplar al nuevo compa­ñero.

Jarpo se sentó en el último asiento, ése en el que caben cinco o seis ocupantes y —durante la ida a la escuela— no hace otra cosa que mirar distraídamente a través de las ventanillas.

 

Durante las primeras semanas que siguen al día de su ingreso, Jarpo demuestra buen comporta­miento y excelente aplicación al estudio: pareciera que lo aprende todo sin esfuerzo.

—Este tiene una memoria de elefante o es un verdadero “tragalibros”, de esos que se pasan estudiando en la casa —empiezan a comentar sus compañeros varones.

—Un repelente.

—Si fuera un “traga” no haría otra cosa que repa­sar las lecciones en los recreos y en cada momento libre y Jarpo no toca una carpeta ni siquiera en los minutos anteriores a los exámenes. Es súper inteli­gente, eso es todo, y ustedes se mueren de en­vidia.

Zelda es quien defiende a Jarpo de las habladu­rías.

Aunque el muchacho es muy serio, callado, poco comunicativo, le atrae tal como el primer día en que lo vio.

Sin embargo, no puede explicarse exactamente por qué, ya que Jarpo la trata con reserva, al igual que a los demás.

De todos modos, Zelda está segura de que a ella le demuestra un poquito más de simpatía. Eso puede apreciarlo en cierta sonrisa —casi impercep­tible— que le nace en los labios y en los ojos cuando la ve o en que —a veces— lo sorprende mirándola como si ella fuera un paisaje extraordi­nario.

Es recién después de dos meses de clases com­partidas cuando se produce un hecho que los acerca afectivamente.

Ha llegado la hora del almuerzo escolar. El co­medor de la escuela parece una bulliciosa paja­rera.

Ya están concluyendo con el primer plato cuando una de las celadoras se alarma:

—¿Dónde está Jarpo?

Enseguida —y en vista de que no aparece por el comedor— dos compañeros salen a buscarlo: en el aula no está; en los baños, tampoco; ni en el gimna­sio, ni en el laboratorio, ni en el salón de música, ni en la biblioteca…

Al rato, todos los compañeros del grado van en su busca por el amplio establecimiento:

—¡Jaaarpooo! ¡Jaaarpooo!

Zelda también, muy preocupada. —¡Jaaarpooo!

Corre hacia el parque de la escuela, dirigiéndose rumbo a la arboleda que crece detrás de la pileta de natación. Jarpo suele caminar por allí todos los días, cuando se va a jugar solo con un pequeño aparatito electrónico —tipo “walkman”— que no le deja tocar a nadie. Ni a Zelda.

¡Qué susto se lleva la nena cuando —al fin— en­cuentra al muchacho acostado —boca arriba— so­bre un banco, con los brazos colgando a los lados y los ojos muy abiertos! Parece petrificado. No pestañea siquiera.

—¡Jarpo! ¿Qué te pasa? —Zelda lo toca, impresio­nada.

Él mueve apenas una mano, como queriendo señalar algo.

—¿Qué, Jarpo?

De pronto, sobre las piedras del sendero y a medio metro del banco, Zelda descubre lo que le parece una diminuta casete. La toma.

—¿Es esto lo que me estás pidiendo?

Jarpo le dice que sí con un leve movimiento de su cara, ahora inexpresiva como la de un muñeco.

—¿Qué te pasa?, ¡por favor!

Abre lentamente una mano y la acerca a Zelda, que permanece a su lado, cada vez más asustada. Es evidente que Jarpo le está indicando que le alcance esa casete.

Zelda intepreta sus señas, cumple con el pedi­do y sale disparando hacia la enfermería de la escuela, mientras le dice a su amigo:

—¡Enseguida vuelvo, Jarpo! ¡No vayas a levantar­te! ¡Voy a pedir ayuda! —y corre a través del parque con el corazón batiéndole como pocas veces an­tes. —¡Auxilio!. ¡Jarpo se descompuso! ¡Ayuda; pronto!

Cuando el equipo médico se apresta a socorrer a Jarpo, la sorpresa: todos lo ven caminar hacia ellos lo más campante, normalmente, como si nada le hubiera sucedido.

Después, no hay forma de que diga otra cosa que:

—Estoy absolutamente bien. Me quedé dormi­do, eso es todo. Zelda creyó que me había desva­necido. Estas chicas…

Más tarde —en un aparte del recreo— Zelda le recrimina la mentira: —Enfermo,— muy descompuesto te encontré, Jarpo. A mí no me vas a ensañar como a los demás, yo te vi… ¿Por qué no dijiste la verdad?

Como si por un instante hubiera deseado llorar, el muchacho se restriega los ojos. Enseguida, se recompone y le dice, casi en un suspiro:

—Tengo un grave problema aquí, Zelda —y se, señala la cabeza— No me permiten que se lo cuente a nadie porque muy pronto ya no lo ten­dré… ¿para qué alarmar inútilmente? ¿Va a ser capaz de guardar el secreto?

Zelda toma esa confesión, esa repentina con­fianza en ella como una primera muestra importan­te del afecto de Jarpo y le promete que sí.

A partir de esa tarde, la actitud del muchacho se modifica. Claro que sólo con Zelda.

El caso es que se comporta con un poco más de soltura, sonríe, le enseña palabras en otros idiomas, le regala dibujos técnicos que Zelda no entiende pero que igual le encantan porque los hace él…

Ahora es frecuente verlos juntos en los recreos, conversando a media voz, y pasándose mensajes durante las horas de clase.

—¿Se puede saber de qué hablan? ¿No encuen­tran algo más interesante que perder el tiempo con tanto bla bla y tanto papelito de banco a banco?

Nuria está celosa. Pero más porque siente que Zelda la ha desplazado en su amistad —de alguna manera— que porque Jarpo le gusta.

En realidad, le desagrada profundamente y no pierde oportunidad de hacérselo saber a su amiga:

—Jarpo esté medio loco, Zelda. Ayer lo pesqué mirando fijo sus propias manos y probando la articulación de cada dedo, como si recién se los hubieran puesto, como si fueran nuevos, no sé si me explico…

—Habla solo, nena; con ese aparatito del que no se separa ni para ir al baño.

—La cabeza le zumba. Estoy segura de que le zumba, Zeldita. Yo estaba justo detrás de él y oí como si tuviera un panal de abejas en vez de cerebro.

—Es raro Jarpo, muy raro. Yo —en tu lugar— ni la hora, querida.

Nuria trata de deteriorar —sin éxito— la imagen del nuevo compañero. Pero Zelda no le hace caso.

Sólo una vez reacciona enojada ante los comen­tarios de su amiguita. Es cuando Nuria le pregunta: —¿Tiene dientes Jarpo? Como nunca sonríe.

O cuando dice:

—¿Quién se cree que es ése? ¿El rey del universo? En las contadas ocasiones en que se digna a hablarnos, nos trata de “usted” en vez de tutear­nos. Se hace el importante.

Entonces sí que Zelda se enoja con Nuria: —¡A mí también me habla de “usted”, boba! ¡Jarpo domina once idiomas —para que sepas— y es claro que le resulta más fácil usar el “usted”, así no tiene que memorizar tantos cambios en los verbos! ¡Y sí que sonríe, pero si lo siente de verdad y no como algunas “sonreidoras profesionales” que yo sé y que se tratan de ganar la simpatía de los maestros con su hipócritas ji-jís!

Una tarde —mientras todo el grado al que asisten Nuria, Zelda y Jarpo se halla en el gimnasio— a la maestra le asalta la tentación de revisar el maletín escolar de Jarpo.

Le han llegado ciertos extraños rumores infanti­les acerca del niño nuevo, de las conversaciones secretas con Zelda y del papelerío privado que va y viene entre los dos.

Aunque siente ligera vergüenza por este acto de espionaje, piensa que todo es por el beneficio de sus alumnos y se decide a hacerlo. Por las dudas.

¿Qué descubre en el maletín de Jarpo?

Cuadernos y útiles comunes, los libros de texto reglamentarios. Sólo le llaman la atención tres dimi­nutas especies de casetes de poco más de dos centímetros por uno, guardadas en un estuche trasparente y en uno de cuyos extremos puede verse una etiqueta con algunos números y signos que no significan nada para ella.

También, un rollito de hojas de block. Están prolijamente enrollados dentro eje un portapapeles. La maestra los estira y ve algo así como distintos diseños de circuitos electrónicos.

En realidad, no entiende de qué se trata pero tampoco le interesa averiguarlo.

Vuelve a guardar todo el material en el maletín de Jarpo.

Se encamina —ahora— hacia el banco de Zelda y toma su mochila.

La registra, del mismo modo que ha hecho con la valija del muchacho. Ya está por volver a colocar todo en su sitio cuando advierte un bulto debajo del forro de un libro. Palpa y nota que se trata de un sobre. Lo saca cuidadosamente (no vaya a ser que —después— las criaturas se den cuenta de que han sido registradas).

El sobre es una carta de Jarpo para Zelda, con la recomendación de que no la lea hasta el mediodía siguiente.

Mala suerte, está cerrada con pegamento e imposible abrirla sin romper las cintas adhesivas que la cruzan en todas direcciones, como si allí se protegiera un gran secreto.

Vuelve a ubicarla donde estaba. Se conforma —entonces— con observar una hoja donde se ve el diseño —en miniatura— de un circuito similar a los que encontró en el maletín de Jarpo, aunque no entiende qué significa. Sin embargo, éste está co­loreado como un arco iris y —al pie— lleva una dedicatoria: “Para Zelda, desde el corazón de Jarpo”.

“Cosas de criaturas…” —piensa la maestra, alivia­da, y: “Vaya qué romanticismo extravagante… regalarse dibujos de cables y baterías… En fin, niños de hoy…”

Si se hubiera podido enterar del contenido de la carta de Jarpo a Zelda, seguramente no pensaría lo mismo. Aterrada estaría; aterrada. Y —mucho más—si hubiese sido testigo del episodio que ha tenido lugar pocas horas antes, en la residencia de Jarpo, cuando el muchacho la escribía en la soledad de su cuarto. Desde el cielorraso de la habitación, un ojo electrónico registraba cada una de sus pala­bras sin que Jarpo lo sospechara, claro.

Como tampoco sospechó que sus diez paginitas destinadas a Zelda fueron sustituidas por otras diez —dentro del mismo sobre— pocos minutos antes de que él partiera rumbo a “INTER-EDUCA”.

Las palabras de Jarpo nunca llegarán a la niña, aunque él lo ignora y —ya en la escuela— le entrega el sobre con la recomendación de que no lo abra desde el mediodía siguiente. El ojo electrónico de su embajada ha sido el único destinatario del manuscrito de Jarpo.

El ojo electrónico ha leído lo siguiente:

 

* INFORME PARA ZELDA, NATIVA DE LA REPÚBLICA DE BURGALA **********

* PÁGINA 1 *

* ZELDA: LAMENTO EL DOLOR QUE VOY A CAUSARLE PERO NO PUEDO EVITARLO. SOY UN ROBOT. MAÑANA —CUANDO USTED LEA ESTE INFOR­ME— YO YA HABRÉ ESTALLADO, AL IGUAL QUE OTROS ROBOTS MODELO XVZ-91 ESPECIAL­MENTE FABRICADOS EN EL PAÍS DEL QUE PRO­VENGO —LA UNIÓN DE ESTADOS URBÍLICOS (U.D.E.U.), COMO USTED SABE— E INCLUIDOS EN LA ETAPA EXPERIMENTAL DEL PROYECTO “GUE­RRA FINAL”.

* LA ETAPA EXPERIMENTAL COMPRENDE LA EX­PLOSIÓN EN CADENA DE DOCENAS DE ROBOTS SIMILARES A MÍ, EN DISTINTOS PUNTOS DE LA TIERRA Y A PARTIR DE LAS OCHO DE LA MA­ÑANA.

EL PROPÓSITO ES SEMBRAR EL PÁNICO Y LA INCERTIDUMBRE EN TODO EL MUNDO. LA INSE­GURIDAD.

* LA UNIÓN DE ESTADOS URBÍLICOS NO SE HA­RÁ RESPONSABLE DE LOS DESMANES SINO DENTRO DE UN AÑO, CUANDO SUCESOS COMO ESTE —Y DE TODA ÍNDOLE— A CARGO DE ROBOTS, HAYAN CUMPLIDO CON LAS DISTIN­TAS ETAPAS DEL PROYECTO, CUYO OBJETIVO ES LA GUERRA FINAL Y LA DOMINACIÓN ABSO­LUTA DEL PLANETA POR PARTE DE LOS URBILOS.

 

* PÁGINA 2 *

* LA U.D.E.U. ES LA POTENCIA TECNOLÓGICA­MENTE MÁS AVANZADA DEL MUNDO.

* CON DISTINTAS ACCIONES —SIEMPRE A CAR­GO DE ROBOTS— DEMOSTRARÁ QUE NINGÚN PAÍS ESTÁ EN CONDICIONES DE RESISTIRLA Y ASÍ —PRONTO— TODOS SE CONVERTIRÁN EN SUS ESCLAVOS.

* HAN FABRICADO EL MATERIAL BÉLICO MÁS SOFISTICADO Y AUN IMPENSABLE PARA CUAL­QUIER CIENTÍFICO FUERA DE URBILIA ROBOTS COMO YO —POR EJEMPLO— A LOS QUE NO ES POSIBLE DETECTARLES NINGUNA DIFERENCIA CON LOS SERES HUMANOS, COMO USTED MIS­MA COMPROBÓ.

* SOMOS COMPUTADORAS PERFECTAS —CREA­DAS A IMAGEN Y SEMEJANZA DEL HOMBRE— A FIN DE PASAR TOTALMENTE INADVERTIDAS EN­TRE LA GENTE.

 

* PÁGINA 3 *

* A MI ME PROGRAMARON COMO ROBOT DES­TRUCTOR —AL IGUAL QUE DOCENAS DE OTROS— PERO SOMOS MILLONES —DE DISTINTOS MODE­LOS— APLICADOS —TAMBIÉN— A DISTINTOS OBJETIVOS.

SOMOS MILLONES, CON APARIENCIAS DE BE­BÉS, DE NIÑOS COMO YO, DE ADOLESCENTES, DE JÓVENES, DE ADULTOS, DE ANCIANOS. SO­MOS MILLONES, INFILTRADOS YA ENTRE LA GENTE VERDADERA Y PREPARADOS PARA CUM­PLIR CON MUY DIVERSOS ROLES. CON DECIRLE QUE EXISTE UN FAMOSO PRESIDENTE QUE ES ROBOT, VARIOS IMPORTANTES MILITARES Y MI­NISTROS DISEMINADOS POR LA U.D.E.U. EN LOS PUEBLOS DE LA TIERRA, SE DARÁ CUENTA USTED DE LA EXCELENCIA DE NUESTRA FACTURA.

 

* PÁGINA 4 *

* UNA VEZ QUE SUPERAMOS EL EXAMEN DE CALIDAD EN LA FABRICA DE ORIGEN —ALLÁ EN URBILIA— LA ABANDONAMOS DIRIGIDOS POR CONTROL REMOTO Y ACCIONADOS POR UN CHIP2 DE SEGURIDAD QUE ALLÍ MISMO NOS COLOCAN. POCO DESPUÉS, ESTAMOS LISTOS PARA AUTOCOMANDARNOS.

* A CADA UNO SE NOS PROVEE DETERMINADA CANTIDAD DE DIMINUTOS CHIPS, PROGRAMA­DOS DE ACUERDO CON LO QUE SE ESPERA DE CADA CUAL. ESTÁN ORDENADOS EN CLAVE PARA SU USO SUCESIVO, DURANTE EL TIEMPO QUE DURE NUESTRA MISIÓN.

 

* PÁGINA 5 *

* EN LA ZONA DE LA NUCA —OCULTA POR EL PELO— TENEMOS UNA PEQUEÑA APERTURA PA­RA INTRODUCIR LOS CHIPS.

LA OPERACIÓN ES SENCILLA Y AUTOMÁTICA (COMO LA DE LAS VIDEOCASETERAS QUE US­TED CONOCE, AUNQUE NUESTRA FUENTE DE ALIMENTACIÓN ES MUCHÍSIMO MÁS PEQUEÑA —OBVIAMENTE— Y SILENCIOSA).

* ¿POR QUÉ LE REVELO ESTE SECRETO? SOSPECHO QUE ALGO ESTÁ FALLANDO EN MI MECANISMO O —TAL VEZ— ESTA POSIBILIDAD DE COMPORTAMIENTO TAMBIÉN ME HAYA SI­DO PROGRAMADA, ESTANDO —COMO SE ES­TÁ— EN LA ETAPA EXPERIMENTAL DEL PROYECTO…

 

* PÁGINA 6 *

* ES PROBABLE QUE INTENTEN EVALUAR LAS MODALIDADES Y LAS CONSECUENCIAS DE LA DELACIÓN… NO SÉ… LO CIERTO ES QUE NECE­SITO CONTARLE TODO —ZELDA— YA QUE MA­ÑANA VOY A TRATAR DE HUIR LEJOS DE LA ESCUELA CUANDO EMPIECE A SENTIR QUE ME LLEGA EL MOMENTO DE EXPLOTAR.

* ME SORPRENDO RESISTIÉNDOME A CUMPLIR CON LA MISIÓN QUE ME FUE ENCOMENDADA. VOY A INTENTARLO —AL MENOS— AUNQUE PA­REZCA RIDÍCULO E INÚTIL YA QUE YO NO PIEN­SO POR MÍ MISMO SINO GRACIAS A ESAS PE­QUEÑAS CASETES QUE USTED CONOCE Y QUE CREÍA QUE PERTENECÍAN A UN INOFENSIVO JUEGUITO ELECTRÓNICO DE LOS QUE ACTUAL­MENTE HAY TANTÍSIMOS, PORQUE IGNORABA LA INVENCIÓN DE LOS CHIPS.

 

* PÁGINA 7 *

* ¿RECUERDA EL EPISODIO DEL PARQUE, ZELDA? FUE MI PRIMER CONATO DE REBELIÓN, PERO USTED VIO: SIN MI CHIP INCORPORADO ME ES­TABA CONVIRTIENDO EN UN MUÑECO INANIMADO, SI PASABA SIN ÉL UNOS MINUTOS MÁS, HUBIESE QUEDADO ABSOLUTAMENTE INERTE. EN LA ESCUELA —ENTONCES— HUBIESEN PEN­SADO QUE YO HABÍA SUFRIDO UN SÍNCOPE O ALGO ASÍ, FULMINANTE. Y PRONTO HABRÍA SI­DO DISPUESTO MI FUNERAL POR PARTE DE LOS URBILOS, TAL COMO SE PROCEDE CON CUAL­QUIER PERSONA MUERTA.

TUVE QUE CONTINUAR ACTIVO y PLANEAR OTRA MANERA DE ELUDIR EL MANDATO DE LA U.D.E.U.

 

* PÁGINA 8 *

* NO TENGO OTRA ALTERNATIVA QUE ESTA­LLAR, YA QUE EL ÚLTIMO CHIP —QUE ES EL QUE AHORA ME ESTÁ PERMITIENDO ESCRIBIRLE— ES EL MISMO QUE ACCIONARÁ MAÑANA PARA QUE SE PRODUZCA MI EXPLOSIÓN. Y A ESTE ÚLTIMO CHIP SE LO DISEÑÓ DE MODO TAL QUE YA ME RESULTA IMPOSIBLE QUITÁRMELO.

* NO PUEDO PROMETERLE OTRA COSA QUE MI INTENTO POR EVITAR LA CATÁSTROFE MAYOR.

 

* PÁGINA 9 *

* AHORA TIENE USTED ESTE INFORME EN SU PODER. YA VERÁ QUÉ PUEDE HACERSE CON ÉL.

* OJALÁ TOMEN EN CONSIDERACIÓN LAS PA­LABRAS DE UNA NIÑA… Y LAS DE ALGUIEN AL QUE SUPUSIERON UN NIÑO…

 

*PÁGINA 10*

* ¿SABE, ZELDA? EN ESTE ÚLTIMO CHIP QUE ESTOY USANDO ENCUENTRO —COMO EN AL­GUNOS DE LOS ANTERIORES QUE ME TOCÓ USAR DURANTE LAS SEMANA QUE COMPARTI­MOS— CIERTOS IMPULSOS PARA LA MANIFESTA­CIÓN DE SENSACIONES SEMEJANTES A LAS DE LOS HOMBRES.

EL SENTIRME APEGADO A USTED —POR EJEM­PLO—; EL EXPERIMENTAR ALGO EXTRAÑO y QUE PODRÍA DENOMINARSE “ANGUSTIA” AL SABER QUE DEBEREMOS SEPARARNOS PARA SIEMPRE; EL TENER LA NECESIDAD DE DECIRLE QUE NUN­CA HUBIERA INVENTADO UN ENGENDRO CO­MO yO, DE HABER TENIDO EL PRIVILEGIO DE LA VIDA, DE HABER SIDO YO UN SER HUMANO COMO TODOS LOS QUE ME FUE DADO CONO­CER EN ESTE BREVÍSIMO PERÍODO DE MI EXIS­TENCIA ARTIFICIAL.

* SE ME ACABA LA ENERGÍA DISPONIBLE PARA ESTA ESCRITURA. ADIÓS, ZELDA. ZELDA. ZELDA.

JARPO/MODELO XvZ—91

 

 

Esa jornada escolar concluye como tantas otras.

La única diferencia es que —antes de bajar del bus que lo regresa a su domicilio— Jarpo se da vuelta y busca la mirada de Zelda. Ella le guiña un ojo. Con ese gesto quiere recordarle que sí, que ya encon­tró su carta y que recién va a abrirla al mediodía siguiente, tal como le solicitó. Jarpo se demora un poco en el estribo, sosteniendo la mirada de su amiga hasta que la voz del conductor le indica que se baje de una buena vez.

Desciende —entonces— y se queda parado en la vereda de su residencia, con la vista clavada en la ventanilla desde donde le sonríe la carita de Zelda, hasta que el transporte escolar parte.

Esa noche, Zelda resiste —a duras penas— la ten­tación de abrir el sobre con el mensaje secreto. Lo coloca adentro de la funda de su almohada.

Le cuesta dormirse, intrigada como está por el contenido de esa carta

—¿Se habrá Jarpo decidido a decirme que so­mos novios? Seguro que sí, que de eso se trata. ¡Qué emoción!

Finalmente, se queda dormida alrededor de la una de la madrugada.

Cuando la mamá la despierta —para ir a la escuela—no soporta más la curiosidad: abre el sobre antes de ir a tomar el desayuno.

Desde la cocina, la madre la llama varias veces:

—¡Se te hace tarde, nena! ¡La leche se enfría! ¡Zelda, a desayunar! ¿Qué estás haciendo?, ¡Vas a perder el micro!

De rodillas en su cama —desconcertada tras ha­ber abierto el sobre— Zelda mira —repetidamente— diez hojas de block totalmente en blanco.

—¿Qué significa ésto? ¿Por qué?

Se traga las lásrimas y la desilusión y se pone a escribir un mensaje para Jarpo, con párrafos de verdadero enojo. En él le anticipa que no entiende nada y que si es una broma, menos, de tan mal Susto o directamente cruel y “ya vas a explicarme todo, quieras o no. ¿Por qué las hojas en blanco —Jarpo— después de que creaste tanto suspenso y me hiciste pensar que…”

Más tarde, el bus pasa a buscarla, como siempre.

Zelda avisa al chofer que está un poco demora­da, que su mamá la llevará esa mañana. Muy seria, le pide a Nuria que —por favor— disimule su antipa­tía por Jarpo durante un ratito y le entregue esa carta, no bien el muchacho suba al transporte. Nuria acepta con un gesto de desagrado y otro de resignación, como si su amiga le hubiera encomen­dado escalar una cordillera.

El conductor escucha a medias el diálogo entre las chicas y —entonces— le comunica a Zelda, mien­tras controla la hora en su reloj:

—Jarpo ya estará en la escuela. Hoy me telefo­nearon de su embajada —bien temprano— para avisarme que no fuera a recogerlo, que un empleado se iba a ocupar de trasladarlo personalmente. No; no creo que haya pasado nada malo, nena. Lo más probable es que su padre haya recibido orden de viajar a otro país o a la U.D.E.U. de regreso y —por ese motivo— necesiten hablar con la dire…

Zelda entra a su casa como atontada, tras escu­char las palabras del chofer y decidir que la carta se la dará ella misma. ¿Irse? ¿Jarpo va a abandonar Burgala? Oh ¡no!

Vuelve a tragarse las lágrimas.

Entretanto, en la sala de la dirección de la escue­la “INTER-EDUCA” se desarrolla esta escena: La directora, la vice y las tres secretarias —que suelen ocupar sus puestos media hora antes de que em­piecen a llegar los niños— están atareadas con la preparación de las actividades del día.

Unos pocos alumnos juegan en el patio central, a la espera de la iniciación de las clases.

Aparece Jarpo.

Serio, con movimientos rígidos, se aproxima a las cinco mujeres y les dice —con inquietante con­vicción:

—Soy un robot. Soy un robot. Dentro de unos instantes, voy a estallar. Mi cabeza es una bomba ¡Mi cabeza es una bomba, una bomba! ¡No se me acerquen! ¡No traten de detenerme! ¡Lejos de mí!

Y antes de que las asombradísimas señoras puedan atinar a sujetarlo —ya que creen que al pobrecito le ha dado un súbito ataque de locura— Jarpo sale disparando hacia el parque.

Corre como impulsado por una energía so­brehumana. Insólito.

Cuando Zelda y su mamá llegan a la escuela, todos se encuentran ya en el parque. Personal docente y alumnos.

—¿Qué habrá pasado? —se preguntan madre e hijas.

Mediante altavoces, los psicólogos de la institu­ción tratan de dialogar con una criatura que se ha ocultado entre la arboleda que crece detrás de la pileta de natación.

—¡Te rogamos —por décima vez— que regreses aquí! ¡Por favor, danos una oportunidad de dialogar! ¡Nadie va a hacerte daño!

Puede oírse —entonces— la voz de Jarpo —desde lejos— quebrándose en un último grito al respon­der:

—¡Es inútil! ¡No se me acerquen! ¡Voy a estallar… ahora!

Una poderosa explosión sacude el edificio y cada corazón de los presentes.

Arrodillada en el pasto, abrazada a las piernas de su mamá, Zelda llora con desesperación. Llora. No puede hacer otra cosa que llorar.

Casi todos la imitan. Los grandes también. Estu­pefactos. Profundamente conmovidos.

Cuando —instantes después— los bomberos y la policía arriban a la escuela, sólo encuentran un extendido círculo de césped chamuscado ahí donde estaba Jarpo.

Nadie se explica lo sucedido.

Ni siquiera la embajada de la Unión de Estados Urbílicos, país al que Jarpo pertenecía.

Sus representantes —aparentemente consterna­dos— anuncian —más tarde— que se realizará una exhaustiva investigación para descubrir a los responsables de tamaña tragedia:

—”¿Qué monstruo habrá sido capaz de darle un explosivo a un niño? ¿y con qué móviles? La U.D.E.U., tomará severas medidas, este hecho no quedará impune. Por comprensibles razones de seguridad, los padres de Jarpo han regresado —de inmediato— a nuestro país. Agradecen todas las muestras de solidaridad recibidas… Podrán imaginar su enorme dolor…”.

 

Entre la arboleda que crece detrás de la piscina —escenario del hecho— y confundido en el pasto entre tantos otros deshechos como tapitas de ga­seosas, envoltorios de alfajores y chocolatines, so­bres de figuritas… hay un diminuto trozo de mate­rial plástico retorcido y al que nadie va a ver. En él puede leerse:

 

MODELO XVZ-91.

AHORA LE TOCA EL TURNO A USTED, QUE ACABA DE LEER ESTE RELATO.

¿QUÉ TURNO?

EL DE DEMOSTRARME QUIÉN ES REALMENTE: ¿UN SER HUMANO… O UN ROBOT…?

¿ME PERMITE REVISARLE LA NUCA?

(POR LAS DUDAS, YO YA ESTOY PI­DIENDO: ¡SOCORRO!)

About these ads

Un comentario en “Algunos Cuentos de Elsa Bornemann

¿Que te Pareció? ¡Cuéntalo!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s